lunes, 6 de abril de 2015

Correspondencias




Llevo algunos días en los que me cuesta dormir.
El motivo no es otro que la métrica. Busco un verso, pero aquí me falta una sílaba y  allí me sobran tres. Creo tener la palabra oportuna y la duda me acecha. En efecto, vuelvo al vicio de traducir poesía. Después de la resaca de las Bucólicas de Virgilio, el ritmo me reclama de nuevo.
Esta vez el poeta elegido es Baudelaire, Les fleurs du mal.  Pero antes un poquito de historia, de mi historia con Baudelaire.
Yo tenía quince años, y una novieta  francesa (Marie, se llamaba) me escribió una carta que iba acompañada de un poema de un autor que yo no conocía en absoluto. El poeta, es fácil de adivinar, era Charles Baudealire, el poema, Correspondences.
Un par de años más tarde, ya en bachillerato, la profesora de literatura nos propuso un trabajo sobre algun escritor no español y yo me decanté, supongo que como homenaje a aquel fugaz amor adolescente, por el autor de las Flores del mal, al que añadí a sus paisanos Rimbaud y Verlaine. Creo que el trabajo no fue gran cosa, pero me sirvió para acercarme a ese maravilloso y tortuoso mundo de los poetas simbolistas.
Era una época en la que (ahora soy consciente de ello) descubrí la literatura, la literatura con mayúsculas, al menos la escrita en lengua castellana, porque por aquel entonces la literatura catalana no se incluía en los planes de estudio: Jorge Manrique (hice un trabajo comparando las Coplas a la muerte de su padre con la Danza de la Muerte, trabajo que, por cierto, una profesora me perdió...) Cervantes, Quevedo, La Regenta, la poesía de Machado, Lorca, Miquel Hernández (de Lorca hice un trabajos sobre los colores en el Romancero gitano, trabajo que también me perdieron... y de Miguel Hernández un repaso a su obra poética, trabajo que hicimos en equipo con  mis amigos Pere i Mercè. Eran lecturas académicas, es cierto, pero desde la distancia, recuerdo que yo leía los autores, no los estudiaba. Eso lo dejé para más adelante cuando cursé la carrera de Filología.
Pero los autores consagrados de la Literatura Española no fueron los únicos que llegaron a mis ávidas manos: La profesora de griego nos recomendó una tragedia de  Sófocles (no recuerdo cual, pero creo que debió ser Edipo). Cuando la acabé, Sófocles me apasionó de tal manera que no tardé en leer el resto de su obra en la pequeña sala de la Biblioteca Pública de Figueres, situada entonces en un pequeño edificio del Carrer Ample. Y claro... si lees a Sófocles y te encuentras con un tal Eurípides que tambíen escribía tragedias, pues ¿Qué haces? Leerte todo Eurípides. ¡Ah! Que hay otro trágico girego que se llama Esquilo? Pues a por él. ¿Te has acabado la Ilíada? Habrá que leerse la Odisea, digo yo...Que te hablan de Dostieveski, pues a leérselo. Leerlo, insisto, no estudiarlo.
Pero volvamos a Baudelaire. Ya en la facultad, en el pequeño Col·legi Universitari de Girona (el CUG, abreviatura  que nos hacía mucha gracia por su parecido fonético con CUC, que, en catalán significa gusano, -claro, que peor lo tenian los estudiantes del Col·legi Universitari de Lleida, que estudiaban en el CUL...-), allí, como decía, mi amigo Charles apareció en dos asignautras, en la de Literatura Castellana, que nos daba la profesora Dolors Oller, y en Crítica Literaria, a cargo del profesor Salvador Oliva. Para la primera trabajé en la traducción de un poema. ¿Cuál? Fácil respuesta también, Correspondences, de nuevo. En esa ocasión ya propuse una traducción propia en verso (está claro que mis inclinaciones entonces se iban asentando definitivamente). Para Crítica Literaria decidí hacer un trabajo sobre el poema titulado Moesta et errabunda, Mujer triste y errante. Elegí ese poema porque el título era en latín, mi otra gran debilidad. Ahí si, ahi hicimos algo más que leer los poemas, los estudiábamos, los analizábamos, los descuartizábamos, y finalmente, desde el conocimineto, los recomponíamos. Un proceso, que no se habría producido si antes no los hubiésemos leído, leído sin estar pendientes de un exámen, de una lista de fechas y datos por memorizar, pero eso es un tema que dejaré para otra nota.
Cuarto acto. -Por cierto, ahora que me fijo, mi aventura con Baudelaire, es casi un repaso autobiográfico (o sin el casi...)-. Cuarto acto, decia. En los años 80 la mayor parte de jóvenes varones perdía un año de su vida en aquéllo que llaman "La mili", el servicio militar obligatorio para defender la patria "En caso de que ataque el enemigo" (Nunca supe quien era el enemigo...) En las largas y tediosas tardes que me toco vivir en los cuarteles, tuve la suerte de estar como encargado de la pequeña biblioteca del campamento. Biblioteca tan poco frecuentada que me quedaba mucho tiempo libre para leer y para escribir. Allí hice mis primeras traducciones, que luego he tenido la fortuna de ver editadas: Marcial, Horacio, Virgilio.. Y alli traduje por primera vez a Baudelaire de manera sistemática y con "intención literaria" por decirlo de alguna manera.
No sé a dónde llevará este camino traductor que retomo a partir de aquellas primeras versiones, pero sí sé que, des hace algunos días, la métrica me viene robando algo de mi sueño.
Así pues, empiezo una serie de notas en el bloc con los versos de Las Flores del Mal y empiezo (no podía ser de otra forma), por Correspondences.



La Natura es un templo en donde vivos pilares
dejan salir a veces confusas palabras.
El hombre pasa a través de bosques de símbolos
que le escudriñan con su mirada familiar.

Como los largos ecos que se mezclan de lejos
en una tenebrosa y profunda unidad
vasta como la noche y como la claridad,
los perfumes, colores y sones se responden.

Hay perfumes lozanos como carne infantil,
dulces como un oboe, verdes como praderas;
y hay otros putrefactos, ricos y triunfantes,

que tienen la expansión de las cosas eternas,
como el almizcle y el ámbar, el incienso y el benjuí,
que nos cantan los vínculos del alma y los sentidos.


Esta nota ha nacido hoy seis de abril, lunes de Pascua, en Figueres, mientras un sol radiante entra por mi ventana;  la imagen que acompaña es "El bosque" un dibujo a lápiz de Clàudia Cobos, mi hija, muy oportuna para el texto de Baudelaire; como tema musical, una de las mejores composiciones de Paco de Lucía, un tema con el que se activan todos los sentidos y que a mi me pone la piel de gallina: Entre dos aguas (1976). 


https://www.youtube.com/watch?v=0o8vszqVL2U